miércoles, 28 de agosto de 2013

Carta a mi terapeuta



Durante varios años tuve la sensación de olvidar de manera permanente, de como los momentos que se convierten en tiempo pasado se van borrando de mi memoria, al menos los detalles, como si me hubiera hecho el hábito de olvidar a cada paso, olvidando que olvido. En cierto sentido saber que cerraba las puertas de la memoria me hizo conversar con mi terapeuta "joven colega de ojos amplios y agudas palabras", esto ayudó a remover algunas piedras que cubrían el pasado, así procedí a reconstruir un poco de historia a partir de pinturas rupestres, a cada paso que dí pude comprender el comportamiento presente. Entonces entré a los terrenos que me prohibieron recordar los viejos fantasmas, los miedos, las tristezas, los momentos que marcaron la piel y el corazón de cualquier persona (mi persona), y aunque no era la primera vez que intentaba reconciliar las raíces, me pareció infinitamente más fructífero el momento actual, los años no pasan en vano (o pasan demasiado rápido).

Atravesé la lejana infancia donde ambivalentes sentimientos fueron traídos a cenar, los polvos y las miradas desamparadas de un lugar sin tiempo, caminé por las veredas que no llevan a ninguna parte, solo a la seguridad de la madriguera, donde los adolescentes comparten su miedo de ser tragados por el mundo en luna llena. Observé el desfiladero hondo y profundo de los riesgos no tomados, el viejo paraje donde se marchitaron los sueños, las musas y las melodías. Sentí en lo profundo los atardeceres donde apacible se esperan los tiempos mejores. Compartí de nuevo las risas, el llanto y la despedida con los seres que fueron parte de esa ciudad amurallada y en llamas. Comprendí los cambios pequeños e imperceptibles y los grandes e irremediables. Perdoné a mis demonios empezando conmigo mismo y respiré profundo antes de seguir mi camino.

Al cabo de un tiempo, mi terapeuta dijo: "es una historia digna de contar, de sentirse orgulloso, pues pese a la tormenta sigues aquí, no se cómo pero lo lograste, eres un sobreviviente..." lo tomé como un cumplido de resiliencia y lo memoricé por si acaso.

El tiempo pasado cobró estructura, se hizo real y tangible, con sabias cicatrices, como un libro de cuentos que yace disponible para un día adentrarse en sus historias y aprender de él. Hoy antes de seguir mi camino reconozco los capítulos que he leído de mi mismo y aunque no los he entendido todos, se que al volver a leer encontraré más tesoros.

Procuro no pensar demasiado el presente, sino utilizar la mente con su complejidad y disfrutar los placeres simples, las amistades verdaderas, procuro pensar fuera de la cabeza y sentir dentro del cuerpo, me pongo a imaginar que escribo todos los días. Para el futuro y antes de seguir mi camino; abro mis brazos como las ramas de un árbol y empiezo como finaliza Saramago: "Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma".

A mi terapeuta.

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